Sí, así la vida parece un milagro y dan ganas de devorarla a bocados

Al intentar ponerle nombre a mi estancia en Migjorn, creo que reafirmación es la palabra que acude a mis labios. “Saber” que hay otra manera de sentir, de entender, y de hacer la vida, toda ella, y que es posible llevarlo a cabo.

Migjorn no es una casa de partos, es un proyecto, un pequeño grano de arena, o mejor, una pequeña semilla que crece al borde de la carretera, que va desparramando otras semillas, que con la complicidad del viento van brotando en otros lares. Es un proyecto de cambio, es un proyecto de toma de conciencia, porque quizás es ésta la raíz de todo, si tomamos conciencia es porque conocemos y sentimos, reaccionamos, asumimos nuestra vida y nuestro entorno, nos responsabilizamos de cada uno de nosotros y de lo que nos rodea, y quizás comience un fluir de cambios que dependerán de cada una, de nuestras necesidades, deseos y límites…Y me parece que así también se nutre y crece Migjorn, con el devenir de sus gentes.

Migjorn es parejas, madres, padres, abuelos, bebés, niños y todas aquellas personas que lo hacen posible, las que pasaron antes, las que pasarán después y las que lucharon antes y luchan ahora para que siga adelante, Isa, Juliana, Angels (no puedo evitar sonreír cuando pienso en ti), es alegre y a la vez malhumorada, y siempre le ve el 5º pie al gato, que por cierto le encantan, pero es muy alegre, tiene buen humor y es tremendamente generosa. Montse, tenaz y fuerte, de pocas palabras, tanto que a veces se enreda entre nubes y silencios, tranquila, transmite paz cuando te toca y da cariño sin tapujos. Josep es cálidamente hospitalario, y tan buen conversador e interesante como un libro abierto, de los buenos, Pep, de los de antes. Trabajador incansable, luchador y honesto. Y por último Pincho y Laki, compañía inagotable, que de vez en cuando se escapan, como para reivindicar y disfrutar de esa libertad y naturaleza que Migjorn exclama.

Como matrona, Migjorn me enseñó y ratificó aquello que pensaba y sentía en mis entrañas, hay otra forma de acompañar el proceso. Esta forma tiene mil colores, mil texturas, sabores, emociones, aprendizajes, temperaturas…, pues cada persona, cada mujer, cada pareja, cada bebé necesita que lo hagamos a su manera, desde el principio hasta el final, sin perder la profesionalidad ni un instante. Acompañamos y nos conocemos, nos tocamos, compartimos, intercambiamos, preparándonos para el parto, para favorecer esa apertura, ese maravilloso momento único.

¿Y qué me llevé?

La tranquilidad y el convencimiento para ejercer mi profesión confiando en el proceso, en la mujer y en la naturaleza. Ya antes tenía muchas razones para así creerlo, tantas que aburriría al enumerarlas, y además es fácil, ya hay muchos que lo escribieron antes, al estilo de las mentes científico-demostrable, libros, estudios randomizados y sin randomizar, cualitativos y cuantitativos, organizaciones gubernamentales y/o reconocidas y organizaciones o plataformas de lucha por el cambio. Pero me llené de otros motivos, de aquellos que provienen del sentimiento, de ese lugar que ha quedado ridiculizado, vilipendiado y abandonado, porque el saber de lo que se siente, de lo instintivo, para algunos es un no-saber.

Y sin embargo, yo sé que ahora sé más que antes, aunque no me lo haya dicho un libro o internet, me permití vivirlo, algunas mujeres, hombres y niños a los que acompañé, así me lo demostraron.

Mujeres que eligen ser conscientes de lo que son, y de quiénes son. Eligen dar vida siguiendo sus instintos, venciendo el miedo que nos han impuesto para controlarnos. Hombres que apoyan, escuchan y reconocen, sin tapujos, sin miedo al rechazo de una sociedad que los presiona para ser diferentes, y así, acompañar, también y sobretodo a la vida.

La vida que llega de nuevo, no es un milagro, no ocurre de una manera mágica, aunque fascinante sea su encuentro, es terrenal, instintivo y natural, y las mujeres lo llevamos haciendo una eternidad. Y así, con la vida, e igual de espontáneo, llega el parto.

Llega como una apertura. Viene poco a poco, pequeñas olas que nos avisan de que se acerca. La mujer se prepara, busca sentirse segura. Sobrevienen los murmullos, las risas, las expectativas, el fin de la espera. Poco a poco llegan las oleadas, el cuerpo de la mujer desnudo va cogiendo fuerza, requisa toda su atención en este ir y venir y dejarse llevar. La habitación se tiñe de gemidos, caricias, sudor, sed…, la mujer se transforma, se va desconectando, poco a poco, de este mundo para conectarse con el suyo propio, con lo que somos, sin prejuicios, sin tapujos, sin nadie que te diga ahora y de esta manera.

La imagen es perfecta, el cuerpo desnudo, la espalda arqueada, gemidos que son gritos, fuerza mamífera de las entrañas, más humana que nunca, más bella y salvaje que nada. No es una lucha, todas las fuerzas de la naturaleza se canalizan en su cuerpo de mujer, porque así surge el milagro de la vida, entre sus piernas, de sus entrañas. Y la habitación queda embadurnada de energía, de calor, de amor para  recibir entre sus brazos a su hijo, fruto del amor más humano.

Y esto se repite, con diferentes colores porque somos dispares, la misma vida distintos tonos. ¿Cómo, entonces, pasar todo esto por el colador de un protocolo? ¿Qué partículas infinitas de nuestro ser mujer, nuestro ser pareja, madre o hija dejan atrás en los hospitales? Parimos iguales porque somos mamíferos, pero cada parto es único como única es la madre y el entorno que la envuelve en cada momento. Y cada parto es una oportunidad única de re-conocernos y amarnos.

Y el bebé, ¿que me enseñaron los bebés que llegan?

Antes también a mí me parecía todo “normal”. Bebés relegados a un segundo, tercero, o cuarto lugar, detrás de la madre, del padre, de la matrona, del pediatra o la enfermera…

Sin ser consciente de la paradoja, que nada más nacer nos enseñan un mundo manipulado y contaminado de ansias de poder; quién sabe más, quién está por encima de quién. Ginecólogos, matronas, pediatras, enfermeras, auxiliares, celadores y limpieza, todos opinan sobre lo que la madre ha de hacer, y la madre, en medio de tanto “saber” pierde todo instinto y capacidad de criar. Roban su seguridad para proteger a su cría, no tiene tiempo de reconocer, oler, mirar, escuchar, saber cómo es y está su cría. Para ello hay que sacudir al niño, estirarlo, pesarlo, medirlo, meterle un tubo por la nariz, por la boca y otro por el culo, y pincharlo… ¿Qué tipo de vida estamos creando en la que todo debe ser medible? ¿Es realmente tan importante saber cuánto pesa nuestro bebé en las primeras horas de vida? No he visto aún ningún otro mamífero que necesite saber “cuanto es” su bebé.

¿Y qué le queda al niño o niña? Ruido, luces, tacto, frío… Miedo. Nada más nacer, e incluso antes, los ligamos al reloj, hay un tiempo para rotar, tiempo para salir, tiempo para llorar, tiempo para mamar.

Y ahora veo que la normalidad es un concepto cargado de matices y de perspectivas, que hay padres que son realmente partícipes del nacimiento, y que esto les lleva a implicarse en la crianza y a asumir su responsabilidad en los procesos vitales, nacer, crecer, morir. Que hay mujeres que piden respeto para sí mismas y para sus partos, y que esto las hace rodar inexorablemente a exigir un respeto para sus hijos y sus necesidades. ¿Será esta una forma de cambiar el mundo? ¿Nos lleva esto a pensar en qué mundo creemos y qué mundo queremos? ¿Cuál será ese mundo cuando la propia naturaleza queda relegada a un segundo, por no decir tercero o cuarto, plano?

Y pienso, cuán diferentes se deben sentir aquellos niños a los que se les da el tiempo que necesitan para nacer, que se respeta su viaje y se acoge sin molestar, en silencio o con los ruidos que le son familiares; la voz de su madre, de su padre o de su hermano. Cuán reconfortado se debe sentir con el calor de su madre, ese olor que le apacigua, la teta que le calma, esa mirada enamorada, ese dejarse dormir tranquilo, junto a sus padres, junto a su piel, sin tiempos, para siempre, conscientes de lo que viven y por qué.

Porque la habitación se transforma en un vergel, de cálido clima, lujos y alisios que refrescan el alma, corazones encogidos, gozosos que celebran la vida, padre estandarte y protector de su camada y de su amada, orgulloso de la hembra-mujer, esa madre loba cargada de fuerza, brava y enamorada, que acoge a su cría a mansalva. Ese bebé que abre los ojos por primera vez, que experimenta el tacto con la piel de su madre, el oído con la nana de su voz, la vista con sus ojos y el gusto con su teta…Un bebé rayo de luz, de esperanza, tranquilo y ajeno al mundo que le recibe, como debe ser, como siempre ha sido y como debería seguir siendo.

Sí, así la vida sí parece un milagro, y dan ganas de devorarla a bocados…

Amanda Antequera

Parir, néixer i créixer